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VERSOS PARA VER:

LA PLASTICIDAD POÉTICA DE THEODORO ELSSACA.

EN LA PRESENTACIÓN DE SU ANTOLOGÍA ESENCIAL

TRAVESÍA DEL RELÁMPAGO
(Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”,
Madrid, 2013).

ATENEO DE MADRID (C/ del Prado, nº 21)
4 de OCTUBRE de 2013 – 21:30 hrs.
(Dentro del ciclo poético “LOS VIERNES DE LA CACHARRERÍA”)

 
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Si Chile –“largo pétalo / de mar y vino y nieve”, según escribiera Neruda en Las uvas y el viento- resplandece ante los ojos del mundo como su territorio de mayor diversidad y más especial geografía –por usar un término absolutamente nerudiano-, la obra poética, y en general artística, de uno de sus más importantes creadores en el panorama actual, Theodoro Elssaca (Santiago de Chile, 1958), bien puede ser reconocida en su singularidad manifiesta tanto en Chile como en toda la comunidad hispanohablante. Se diría que la comunión del desierto más árido, los valles de febriles viñedos, los bosques como catedrales de savia y los hielos de perpetua escultura, todo ello en alargada sazón, de Norte a Sur, y flanqueado por dos gestos titánicos del planeta, el Océano Pacífico y la Cordillera de los Andes, propició el advenimiento y ha fomentado el desarrollo de una personalidad muy especial, digna hija de su país y al mismo tiempo libre para fijar sus propias coordenadas estéticas, bajo las cuales el balance de lo humano creador arroja un saldo fundamental. Hoy, dentro del ya veterano y prestigioso ciclo poético “Los Viernes de la Cacharrería” del Ateneo de Madrid, la voz de Theodoro Elssaca presenta su antología esencial Travesía del Relámpago, fabulosamente prologada por el gran poeta aragonés Ángel Guinda, y publicada en España bajo el sello de Ediciones Vitruvio como el nº 387 de la reconocida Colección “Baños del Carmen”. Treinta años de creación poética se resumen en una antología cuya preparación ha tenido y tiene otra encomiable virtud: la de haber insuflado nuevos bríos a una inventiva siempre dispuesta al trabajo, y apasionada siempre de los retos.


Dueño de una amplia formación académica en lo literario, lo artístico y lo estético por la Universidad Católica de Chile, la poesía de Theodoro Elssaca se ha divulgado con amplitud en antologías y revistas especializadas de América y, por supuesto, también de Europa: de hecho, y al hilo de toda la actividad generada por el surgimiento de Travesía del Relámpago, textos de Theodoro han aparecido muy recientemente en “Piedra del molino” y en la tan vinculada al Ateneo de Madrid “Áurea”, ambas muy importantes revistas de nuestro país. Feliz circunstancia doble –triple, si se suma la antología misma- que, de paso, ha venido a recordarnos algunos detalles fundamentales: los lazos pretéritos de Elssaca con España; su residencia aquí, en Madrid, durante los años centrales de la década de los 80 (1984-1987); los elogios que, entre otros, le dedicase el emblemático Rafael Alberti, quien calificó de “intensa y poblada de imágenes” una poesía que entonces, desde su promisoria juventud, le postulaba ya como una voz personalísima de la generación chilena de los 80, donde otros poetas nacidos en torno a 1950 como Raúl Zurita, Sergio Badilla, Jorge Montealegre, Aristóteles España, Teresa Calderón, Carmen Berenguer, Reynaldo Lacámara o el “oralitor” mapuche Elicura Chihuailaf han dictado su particular magisterio. Las razones por las que el estilo de Theodoro Elssaca se individualiza respecto a todos estos importantes nombres quedan bien patentes en la antología Travesía del Relámpago; como ha venido ocurriendo, en puridad, con cada uno de sus trabajos desde el inaugural Aprender a Morir de 1983 –según veremos a continuación-, y como se ha demostrado internacionalmente. Circunstancia nada baladí, por cierto, pues si alguien existe absolutamente convencido de la necesidad de la fraternidad artística por encima de geografías o nacionalidades, ése es Theodoro Elssaca. Su infatigable labor desde la Presidencia de la Fundación IberoAmericana, con sede en Santiago de Chile, lo atestigua día tras día.


“Por encima de geografías o nacionalidades”, acabo de decir. Sin duda, algo muy propio de la “travesía”, de la idea de viaje, pero también de la otra que sustenta igualmente el título del libro de Theodoro: el “relámpago”; ese relámpago que con su tormenta cruza realidades, sueños, memorias, intuiciones, vaticinios, y que, con gran acierto, Ángel Guinda ha identificado directamente con la inspiración lírica. “Es el relámpago la imagen de la idea, el tornado de fuego interno del sentimiento emocionado”, nos dice en su prólogo para esta obra antológica cuya esencialidad participa al mismo tiempo de la depuración y del impulso ya decantado y trascendido. Los seleccionados fragmentos del primer poemario de Elssaca, Aprender a morir, dan la esencia, en cuatro partes, de un tono duro y apocalíptico que, sin embargo, limará sus perfiles más siniestros en la amplia selección ofrecida de una segunda y ya sobresaliente obra poética, Viento sin memoria, de 1984, donde nada más comenzar leemos: “Libad el néctar de la música / sostenida en el aire de la noche, / ola áurea / perdida en el trueno y la luz”. Y poco después, todavía más significativamente: “¿Retiraré todo lo dicho / como si en un relámpago / mi corazón, dormido en la turbulencia, / se aquietara con el crepitar de las estrellas?” Viento sin memoria plantea, pues, el inicio de una ascensión hacia lo sublime, que en el caso de Theodoro Elssaca poco tiene que ver con estériles disquisiciones metafísicas, al sustentarse su poética, a mi juicio, en tres pilares de existencia tangible, en tanto que pueden percibirse de modo concreto: el poso histórico, o mejor aún, antropológico, bajo la realidad cotidiana del hombre en comunión –o no- con su entorno natural o urbano; el acervo cultural que aquí y allá se manifiesta cual palmaria demostración diacrónica de una pasión en pos siempre de la salvadora belleza; y, como cimiento todavía más profundo, la cualidad plástica de toda esta poesía, su verbo hecho imágenes cuya visión asombra episódicamente por la minuciosidad descriptiva, y sobrecoge en momentos de lúcida y suave efervescencia, como el fabuloso poema “Vuelos Circulares” o estos otros versos de memorable inspiración: “Pasaron los hombres, / los navíos, las montañas. / Todo se fue elevando / más allá / de las gradas de la muerte, / rayando en el destiempo / de los péndulos”.

Aramí, publicado en 1992, conduce el discurso poético de Elssaca hacia territorios donde la potencia expresiva se hace más explícita, por el tono vehemente y la forma misma de unos versos cuya libertad alucinatoria estalla definitivamente en una obra de irrebatible singularidad y poder: El Espejo Humeante – Amazonas, aparecida en 2005, si bien su génesis compositiva se remonta a 1987, cuando el autor –igualmente incansable expedicionario- vivió la aventura extrema de fundir su aliento artístico y su propia vida con las tribus Sharanahua, Amaracairy, Machiguenga, Campas, Wayapi, Adaré, Piros, Asurini, Yanomami y Aguaruna, todas ellas selváticas. “Acompaño al chamán / hasta la orilla del precipicio / cada tarde”: algo tienen de inexorable solemnidad esas simples palabras inaugurales para una crónica lírica donde la exuberancia amazónica se adueña de todo, incluso del mismo cronista y su discernimiento en estado de percepción absoluta (“Todo lo que camina / vuela / o nada / pasó fluyendo por mi corazón asolado / dejando ahí sus huellas / para siempre”). Así ha de alcanzarse un sostenido momento de epifanía máxima, cuando, a través de las ceremonias de las tribus, se despliega mágicamente ante la conciencia del autor todo un “aleph” con la historia de las letras de Chile, en lo que representa la mejor plasmación visual del abrazo entre lo artístico y lo antropológico, entre lo culturalmente heredado y lo ritualmente vivido y enaltecido.

Travesía del Relámpago prosigue con un repaso por algunos hitos de la producción de Elssaca cuya difusión se ha venido produciendo a través de las revistas literarias, las antologías colectivas y los libros ajenos; sección esta, de evidente diversidad y riqueza temáticas, dentro de la cual refulgen dos poemas dedicados a una ferviente pasión de Theodoro, la música –“Jazz” y “Mozart”-, además de las invocaciones a Palestina y su renovado holocausto como profundo origen y soñado oasis. Y, entre todo ello, se diría que la luminosa esencialidad del poema “Provocación” –“En el aire, voces, / lejanos ecos de los versos / que aún no escribo”, leemos en su estrofa de cierre- nos prepara ya para la apoteósica “coda”, hasta ahora inédita, de esta antología, con cerca de cuarenta creaciones –caligramas incluidos- cuyo pulimento, o en su caso directa composición, se ha llevado a cabo gracias a esos nuevos bríos, a la desbordada creatividad surgida al calor del nacimiento de Travesía del Relámpago. Verso frondoso, aliento ancho y fresco, renovada invención sobre los propios postulados básicos, y la ardorosa conciencia del milagro de la creación humana –“Respiramos sólo por un instante / en la alegre contorsión de la vida”, leemos en el poema que da título a la antología toda- son las claves de un pletórico tramo final, capaz también de dar cabida al humor y a ciertos giros coloquiales –atentos a los sorprendentes poemas “Didáctico” y “La Aparición de la Mora Palíndroma”-, pero sobre todo vibrante, palpitante de una emoción flexible y honda, que lo mismo canta al hijo perdido en el sobrecogedor “Viaje al fin de la noche” que declara su amor irreductible al hecho literario, y al mismo lenguaje, en el conclusivo “Árbol de las palabras”. Y si el poema “Imaginario Latente” parece proponer un tratado definitivo sobre las relaciones secretas entre dichas palabras, los colores y la música, la inclusión de los siete caligramas mencionados se antoja el más obvio ejemplo de la fecundidad de una inventiva poliédrica con un muy largo camino todavía por delante.

En los prolegómenos de Travesía del Relámpago, como afirmación luminosa dentro de su “Ars Poetica”, el autor nos dice: “Las palabras en la poesía me llevaron en su elixir a construir el carácter y un pensamiento personal y único (...) Una senda tan sui generis que tal vez me ayudó a encontrarme a mí mismo”. He ahí el secreto último de toda esta obra, pues sólo desde la búsqueda genuina, continua y ardua del propio ser complejo, escurridizo siempre, se puede articular una propuesta estética de verdadera enjundia individual. Tan inequívocamente chilenos e iberoamericanos como decididamente personales, y por ello universales, los versos de Theodoro Elssaca, sus palabras hijas de pinceles, penetran los misterios de la vida y la condición humana con la misma inteligente admiración del viajero que asume el desafío de adentrarse, por primera vez, en el corazón de los bosques australes. Esa enigmática selva fría del Sur de Chile, tan querida por Theodoro. ¿Acaso podría ser de otra forma? ¿Acaso el íntimo latido de quien busca con calma no se acompasa, certero, al del mundo en plenitud? El propio autor bien lo sabe y revela: “Aquí, / en el sur del mundo, / el tiempo / lo marcan los pájaros”.

 

ANTONIO DAGANZO